jueves, 13 de octubre de 2016



LA CIENCIA Y LA MORAL ÉTICA

En la última mitad del siglo XIX se ha pensado muy frecuentemente en la creación de una moral científica. No bastaba alabar la virtud educadora de la ciencia, las ventajas que para su propio pefeccionamiento obtiene el capítulo humano, del trato con la verdad contemplada cara a cara. Se confiaba en que la ciencia pondría las verdades morales fuera de toda discusión, como lo ha hecho con los teoremas matemáticos y las leyes enunciadas por los físicos.

Las religiones pueden tener una gran autoridad sobre los espíritus creyentes, pero no todos son creyentes; la fe sólo se impone a algunos, la razón se impondría a todos. Debemos dirigimos a la razón, y no me refiero a la del metafísico cuyas construcciones son brillantes, pero efímeras, como las pompas de jabón que nos divierte un instante y luego estallan. Sólo el hombre de ciencia construye sólidamente; ha construido la astronomía y la física; hoy construye la biología; mañana, con los mismos procedimientos construirá la moral. Sus principios reinarán en forma absoluta, nadie podrá murmurar contra ellos; no se pensará más en rebelarse contra ellos; no se pensará más en rebelarse contra la ley moral, como ya no se piensa en sublevarse contra el teorema de las tres perpendiculares o la ley de la gravitación.

Por otro lado, cierta gente pensaba de la ciencia todo lo malo que le era posible; veía en ella una escuela de inmoralidad. No solamente concede demasiada importancia a la materia, sino que nos despoja del sentido del respeto, puesto que únicamente se respeta aquello que no se osa mirar. ¿Acaso no serán sus conclusiones la negación de la moral? Como ha dicho no recuerdo que autor célebre, la ciencia extinguirá las luces del cielo o, por lo menos, las privará de lo que poseen de misterioso, para reducirlas a la categoría de vulgares mecheros de gas. No revelará los trucos del Creador, quien perderá así algo de su prestigio. Empero no es conveniente dejar que los niños miren entre bastidores; eso podría inspirarles dudas sobre la existencia del cuco. Si se deja actuar a los sabios, pronto desaparecerá la moral.

¿Qué debemos pensar de las esperanzas de unos y los temores de otros? Respondo sin vacilar: son tan vanas unas como otras. No puede haber moral científica, pero tampoco puede haber ciencia inmoral. Y la razón de ello es bien simple; diría que es una razón puramente gramatical.

Si ambas premisas de un silogismo están en indicativo, la conclusión también lo estará. Para que la conclusión pueda estblecerse en imperativo, será necesario que por lo menos una de las premisas esté igualmente en imperativo. Ahora bien, los principios de la ciencia, los postulados geométricos, sólo pueden estar en indicativo; también las verdades experimentales se expresan de este modo. En la base de las ciencias no hay ni puede haber otra cosa. Por consiguiente, el dialéctico más sutil puede manejar como quiera estos principios, combinarlos, apoyar unos en otros; todo lo que deduzca estará en indicativo. Jamás obtendrá una proposición que diga: haga esto o no haga aquello; es decir, una proposición que conforme o contradiga la moral.

Ésta es una dificultad con que los moralistas tropiezan desde hace tiempo. Se esfuerzan por demostrar la ley moral; hay que disculparlos porque esa es su tarea. Quieren fundar en algo la moral, como si pudiera apoyarse sobre otra cosa que no sea ella misma. La ciencia nos muestra que el hombre se degrada viviendo de tal o cual manera; pero ¿si me importa poco degradarme y denomino progreso a lo que llaman degradación? La metafísica nos incita a ajustarnos a la ley general del ser, que pretende haber descubierto; prefiero, podrá respondérsele, obedecer a mi ley particular. No se lo que replicará, pero puedo asegurar que no se saldrá con la suya.

¿Será la moral religiosa más afortunada que la ciencia o la metafísica? Obedeced, porque Dios lo manda y es un amo que puede quebrantar todas las resistencias. ¿Es esto una demostración? ¿No podrá sostenerse que es noble levantarse contra la omnipotencia y que en el duelo entre Jupiter y Prometeo, el verdadero vencedor es Prometeo torturado? Además, esto no es obedecer sino ceder a la fuerza; la obediencia de los corazones no puede ser obligada.

Tampoco podemos fundar una moral en el interés de la comunidad, en la idea de patria, en el altruismo; quedaría por demostrar que, en caso necesario, uno debe sacrificarse por el país de que se forma parte o por la felicidad ajena. Ninguna lógica, ninguna ciencia puede suministrarnos esta demostración. Además, la moral del interés bien entendido, la misma del egoísmo, sería impotente, puesto que, después de todo, no es cierto que convenga ser egoísta y hay gente que no lo es.

Toda moral dogmática, toda moral demostrativa, están, pues, destinadas de antemano a un fracaso seguro. Ocurre como una máquina que tuviese transmisiones de movimiento y careciera de energía motriz. El motor moral, el que puede poner en movimiento todo el aparato de bielas y engranajes, no puede ser sino un sentimiento. No se nos puede demostrar que debemos sentir piedad por los desgraciados; pero póngasenos en presencia de miserias inmerecidas, espectáculo ¡ay! demasiado frecuente, y experimentaremos un sentimiento de rebeldía; nacerá en nosotros una energía indefinible que no escuchará ningún razonamiento y nos arrastrará irresistiblemente y a pesar nuestro.

No es posible demostrar que se debe obedecer a un dios, aunque se nos probase que es todopoderoso y nos pueda aplastar, que es bueno y le debemos reconocimiento; hay quienes creen que el derecho a la ingratitud es la más valiosa de todas las libertades. Pero si amamos a ese dios, toda demostración será inútil y la obediencia nos parecerá completamente natural; por eso, las religiones son poderosas, mientras que las metafísicas no lo son.

Cuando se nos pide que justifiquemos razonadamente nuestro amor a la patria, podemos tener muchas dificultades; pero representémonos mentalmente nuestro ejércitos vencidos, Francia invadida, y todo nuestro corazón se sublevará, las lágrimas acudirán a nuestros ojos y no escucharemos nada más. Si ciertas personas acumulan hoy día tantos sofismas, es sin duda porque no tienen suficiente imaginación y no pueden representarse todos esos males; si la desgracia o algún castigo del cielo hiciera que los viesen con sus propios ojos, sus almas se sublevarían como la nuestra.

La ciencia no puede, pues, crear por sí sola una moral; tampoco puede, por sí sola y directamente quebrantar o destruir la moral tradicional. Pero ¿no puede ejercer una acción indirecta? Lo que acabo de decir indica de que manera podría intervenir. Puede engendrar sentimientos nuevos, no porque los sentimientos puedan ser objeto de demostración, sino porque toda forma de actividad humana reacciona sobre el hombre mismo y le forja un alma nueva. Hay una psicología profesional para cada oficio; los sentimientos del campesino no son los del financiero. El sabio tiene también su psicología particular, me refiero a su psicología efectiva y la refleja en parte sobre quien sólo ocasionalmente se interesa por la ciencia.

Por otra parte, la ciencia puede emplear los sentimientos que existen naturalmente en el hombre. Volviendo a nuestra comparación de hace un instante, será inútil construir conjuntos complicados de bielas y engranajes, pues la máquina no marchará si no hay vapor en la caldera; pero si lo hay, el trabajo que ella realice no será siempre igual, dependerá del mecanismo al que se aplique. En la misma forma, se puede decir que el sentimiento sólo nos suministra un móvil general de acción; nos dará siempre la premisa mayor de nuestro silogismo, que como conviene estará en imperativo. Por su lado, la ciencia nos suministrará la premisa menor, que estará en indicativo, y deducirá la conclusión que podrá estar en imperativo. Examinaremos sucesivamente estos dos puntos de vista.

En primer lugar, la ciencia puede volverse creadora o inspiradora de sentimientos. Pero, lo que no pueda hacer la ciencia, ¿podrá lograrlo el amor a la ciencia?

La ciencia nos pone en relación constante con algo más grande que nosotros; nos ofrece un espectáculo siempre renovado y cada vez más amplio. Detrás de lo que nos muestra de grande, nos hace adivinar algo más grandioso todavía. Este espectáculo nos causa placer, pero un placer moralmente sano, porque por él nos olvidamos de nosotros mismos.

Quien haya apreciado o haya observado, aunque sea de lejos, la espléndida armonía de las leyes naturales, estará mejor dispuesto para despreciar sus pequeños intereses egoístas; tendrá un ideal que preferirá a sí mismo. Ese es el único terreno en que se puede construir una moral. Por este ideal, trabajará sin escatimar esfuerzos y sin esperar ninguna de esas groseras recompensas que son esenciales para ciertos hombres. Cuando haya adquirido así el hábito de desinterés, este hábito lo acompañará por doquier; su vida entera quedará como perfumada por él.

Más aún, porque la pasión que lo inspire es el amor a la verdad; un amor así, ¿no es toda una moral? ¿Hay algo más importante que combatir la mentira, ya que es uno de los vicios más frecuentes en el hombre primitivo y uno de los más degradantes? Y bien, cuando hayamos adquirido el hábito de los métodos científicos, de su escrupulosa exactitud, y sintamos horror por toda modificacion hecha a la experiencia; cuando estemos acostumbrados a temer como el mayor deshonor, el reproche de haber alterado un poco, aún inocentemente, nuestros resultados; cuando eso se haya convertido para nosotros en un hábito profesional indeleble, en una segunda naturaleza, ¿no mostraremos en todas nuestras acciones esa preocupación por la sinceridad absoluta, hasta el punto de no explicarnos más por que otros hombres son impulsados a mentir? ¿Y no es este el mejor medio para adquirir la más rara y difícil de todas las sinceridades, la que consiste en no engañarse a sí mismo?

La grandeza de nuestro ideal nos sostendrá en nuestros desfallecimientos; se puede preferir otro, pero después de todo, el dios del científico, ¿no es tanto más grande cuanto más se aleja de nosotros? Es cierto que es inflexible, y muchas almas lo lamentarán; pero al menos no participa de nuestras pequeñeces y mezquinos rencores, como lo hace con mucha frecuencia el dios de los teólogos. Ésta idea de una norma más fuerte que nosotros, de la que no podemos substraernos y a la que debemos ajustarnos, cueste lo que cueste, puede tener también un efecto saludable; por lo menos así se lo puede sostener. ¿No valdría más que nuestros compatriotas creyesen siempre inflexible a la ley, en lugar de creer que el gobierno le hará ceder a su favor , por poco que interpongan la influencia de un diputado suficientemente poderoso?

La ciencia, como lo ha dicho Aristóteles, tiene por objeto lo general; en presencia de un hecho particular querrá conocer la ley general, aspirará a una generalización cada vez más amplia. De primera intención parece que en eso no hay nada más que un hábito intelectual; pero los hábitos intelectuales tienen también una repercusión moral. Si los habeis acostumbrado a despreciar lo particular, lo accidental, porque ya no interesa a vuestra inteligencia, seréis naturalmente inducidos a atribuirle poco valor, a no verlo como objeto deseable y a sacrificarlo sin dolor. A fuerza de mirar de lejos uno se vuelve présbita, por decirlo así; ya no se ve lo pequeño y no viéndolo, no se está expuesto a convertirlo en el fin de la vida. De este modo, se encontrará naturalmente propenso a subordinar los intereses particulares a los intereses generales; también ésta es una moral.

Además, la ciencia nos presta otro servicio; ella es una obra colectiva y no puede ser otra cosa. Es como un monumento cuya construcción exige siglos y al que cada uno debe aportar su piedra; pero ésta piedra cuesta a veces toda la vida. Nos proporciona el sentimiento de la cooperación necesaria, de la solidaridad de nuestros esfuerzos, los de nuestros contemporáneos y aun los de nuestros antepasados y descendientes. Uno comprende que no es sino un soldado, un pequeño fragmento de un todo. Es el mismo sentimiento de la disciplina que modela las conciencias militares y transforma a tal punto el alma inescrupulosa de un aventurero, que las vuelve capaces de todos los heroísmos y de todos los sacrificios. En condiciones muy diferentes, puede ejercer en una forma análoga una acción benéfica. Comprendemos que trabajamos para la humanidad y ésta se nos vuelve por eso más querida.

He ahí el pro y he aquí el contra. Si la ciencia ya no aparece como impotente sobre los corazones, como indiferente en moral, ¿no podrá tener una influencia nociva lo mismo que una influencia útil? En primer lugar, toda pasion es escluyente; entonces, ¿no nos hará perder de vista todo lo que le es ajeno? El amor a la verdad es, sin duda, algo grande, pero ¡lindo negocio si para alcanzarlo hemos de sacrificar cosas infinitamente más valiosas, como la bondad, la piedad, el amor el prójimo! Ante la noticia de una catástrofe cualquiera, de un temblor de tierra, olvidaríamos los sufrimientos de las víctimas para no pensar más que en la amplitud y en la dirección de las sacudidas; casi la consideraríamos como un hecho feliz si revelara alguna ley desconocida de la sismología.

Veamos en seguida un ejemplo elocuente. Los fisiólogos practican sin escrúpulos la vivisección; es un crimen que jamás podrán excusar ante muchas ancianas, ninguno de los beneficios pasados o futuros de la ciencia. Si se las creyera, los biólogos, mostrándose despiadados con los animales, deben volverse feroces con los hombres. Si engañan sin ninguna duda; he conocido algunos muy afables.

El problema de la vivisección merece que le dediquemos alguna atención, aunque nos lleve un poco fuera del tema. Existe allí uno de esos conflictos de deberes que la vida práctica nos muestra a cada instante. El hombre no puede renunciar a saber, sin menoscabarse, y por eso son sagrados los intereses de la ciencia; también lo son a causa de los males que pueden curar o prevenir y cuyo número es incalculable. Por otro lado, el sufrimiento es inhumano (no digo la muerte sino el sufrimiento). Aunque los animales inferiores sean, sin duda, menos sensibles que el hombre, merecen compasión. No será por convenios como se podrá eliminar esta dificulatad; el biólogo no debe emprender, aún in anima vili, sino experiencias realmente útiles; a menudo, también hay medios para reducir el dolor a un mínimo y debe emplearlos. Pero, en este sentido, uno debe dejarlo a cargo de su propia conciencia; toda intervención legal sería inoportuna y un poco rídicula. El parlamento lo puede todo, dicen en Inglaterra, excepto cambiar un hombre en mujer; lo puede todo, diría yo, excepto tomar una resolución competente en materia científica. No hay ninguna autoridad que pueda decretar reglas para decidir si una experiencia es útil o no.

Pero vuelvo a mi tema. Hay quienes dicen que la ciencia es agotadora, que nos sujeta a la materia, que mate a la poesía, fuente única de todos los sentimientos generosos. El alma que ha interesado se marchita y se vuelve refractaria a todos los impulsos nobles, a todas las temuras, a todos los entusiasmos. Eso no lo creo y hace un instante he dicho todo lo contrario. Pero es una opinión muy difundida y que debe tener algun fundamento, lo que prueba que el mismo alimento nos gusta a todos.

¿Qué conclusión debemos sacar? La ciencia, ampliamente entendida, enseñada por maestros que la comprenden y la amen, puede desempeñar un papel muy útil y muy importante en la educación moral. Pero sería un error querer asignarle un papel exclusivo. Ella es capaz de engendrar sentimientos bienhechores, que pueden servir de motor moral; pero otras disciplinas lo pueden igualmente, y sería una torpeza privarse de algún auxiliar; ni siquiera todas las fuerzas reunidas son suficientes. Hay quienes no tienen capacidad para los asuntos científicos; es un hecho de observación corriente que en todos los cursos hay alumnos que son "fuertes" en ciencias. ¡Qué creer que si la ciencia no habla a su intelecto, podrá hablar a su corazón!

Llego al segundo punto. La ciencia como toda otra actividad, no sólo puede engendrar sentimientos nuevos; también puede edificar una construcción nueva sobre los sentimientos antiguos, sobre aquellos que nacen espontáneamente en el corazón del hombre. No se puede concebir un silogismo cuyas dos premisas estén en indicativo y la conclusión en imperativo; pero se puede concebir que esté construido sobre el modelo siguiente: "Haga esto, ahora bien, cuando no se hace aquello, no se puede hacer esto; haga, pues aquello." Razonamientos semejantes no están fuera del alcance de la ciencia.

Los sentimientos en que puede apoyarse la moral son de naturaleza muy distinta; no se encuentran todos en el mismo grado en todos los espíritus. En algunos, son unos sentimientos los que predominan; en otros, son otras las cuerdas siempre prontas a vibrar. Unos serán, ante todo, sensibles a la piedad, se conmoverán por los sufrimientos ajenos. Otros subordinarán todo a la armonía social, a la prosperidad general, o anhelarán la grandeza de su patria. Otras acaso tengan un ideal de belleza, o crean que nuestro primer deber es obtener nuestra propia perfección, tratar de volvernos mas fuertes, hacernos superiores a las cosas, indiferentes a la fortuna, no decaer ante nuestros propios ojos.

Todas esas tendencias, aunque elogiables, son diferentes; quizá surja de eso algún conflicto. Si la ciencia nos muestra que ese conflicto no es de temer, si prueba que no se podría alcanzar uno de esos fines sin apuntar al otro, y esto es de su competencia, habrá hecho una obra útil, habrá dado una valiosa ayuda a los moralistas. Esas tropas que hasta entonces combatían en desorden, donde cada soldado marchaba hacia un objetivo particular, ahora han de estrechar filas, porque se les habrá demostrado que la victoria de cada uno está en la victoria común. Sus esfuerzos serán coordinados, y la multitud inconsciente se convertirá en un ejercicio disciplinado.

¿Marcha la ciencia en ese sentido? Podemos esperarlo; ella tiende cada vez más a mostrarnos la solidaridad de las diversas partes del universo, a revelarnos su armonía. ¿Se debe esto a la realidad de esa armonía o es sólo una necesidad de nuestra inteligencia, y por consiguiente un postulado científico? Esta es una cuestión que no intentaré decidir. La ciencia tiende siempre a la unidad y nos lleva hacia ella. Del mismo modo que coordina las leyes particulares y las vincula en una ley más general, ¿no unificará también las íntimas aspiraciones de nuestros corazones, en apariencia tan divergentes, tan caprichosas, tan extrañas entre sí?

Pero ¡qué desilusión?, ¡qué peligro! si fracasa en esta tarea. Así como hubiese podido hacer tanto bien ¿no podrá ocasionar muchos males? Esos efectos, esos sentimientos tan frágiles, tan delicados, ¿soportarán el analisis? ¿No nos revelará su vanidad la luz más insignificante, y no concluiremos en el eterno para qué? ¿Para qué la piedad, si cuanto más se hace por los hombres más exigentes se vuelven y, en consecuencia, más descontentos están en su suerte? Importaría poco que la piedad sólo pudiera hacer ingratos, pero ¿si no puede modelar más que almas amargadas? ¿Para qué el amor a la patria, si su grandeza no es frecuentemente sino una brillante miseria? ¿Para qué tratar de perfeccionarnos, si no viviremos más que un día! ¡Qué desgracia si la ciencia pusiera el peso de su autoridad del lado de esas sofismas!

Por otra parte, nuestros espíritus son una red compleja cuyos hilos, formados por las asociaciones de nuestras ideas, se cruzan y entrecruzan en todas direcciones; cortar uno de ellos es exponerse a ocasionar tan vastas desgarraduras, como nadie podría prever. Esta red no la hemos hecho nosotros; constituye un legado del pasado. A menudo, sin que la sepamos, nuestras aspiraciones más nobles se encuentran así ligadas a los principios más rancios y ridículos. La ciencia destruirá esos prejuicios, es su tarea natural, su deber; pero ¿no sufrirán por ello las nobles tendencias vinculadas a los mismos por viejos hábitos? En los espíritus fuertes, no, sin duda; pero no sólo hay también espíritus simples que corren el riesgo de no resistir la prueba.

Se pretende, pues, que la ciencia será destructiva; asustan las ruinas que ha de provocar y se teme que allí por donde pase no puedan vivir más las sociedades. ¿No hay en estos temores una especie de contradicción interna? Si se demuestra científicamente que tal o cual constumbre, considerada indispensable para la existencia misma de las sociedades humanas, no tiene en realidad la importancia que se le atribuía, y nos seducía por su ancianidad venerable; si se demuestra eso, admitiendo que la demostración sea posible, ¿no será trastornada la vida moral de la humanidad? Uno de dos: o esa costumbre es útil, y entonces una ciencia razonable no podrá demostar lo contrario; o es inútil, y no habrá que lamentarlo. Desde que colocamos en la base de nuestros silogismos uno de esos sentimientos generosos que engendran la moralidad, todavía es él, y por consiguiente, todavía es la moral, la que debemos encontrar al final de nuestra cadena de razonamientos, si ha sido establecida de acuerdo con las reglas de la lógica. Lo que corre el riesgo de sucumbir no es lo esencial; era sólo un accidente en nuestra vida moral. Lo único que importa no puede dejar de encontrarse en las conclusiones, puesto que estaba en las premisas.

Sólo se debe temer a la ciencia incompleta, la que se equivoca; aquella que nos embauca con vanas apariencias y nos induce así a destruir lo que quisiéramos reconstruir inmediatamente, cuando estamos mejor informados y ya es demasiado tarde. Hay personas que se aferran en una idea, no porque sea justa, sino porque es nueva, porque está de moda; eso son temibles destructores, pero no son; iba a decir que no son sabios, más advierto que muchos de ellos han prestado grandes servicios a la ciencia; son, pues, sabios, sólo que no lo son a causa de eso, sino a pesar de eso.

La verdadera ciencia teme las generalizaciones prematuras, las deducciones teóricas. Si el físico desconfía de ellas, aunque las que trata sean coherentes y sólidas, ¿que debe hacer ei moralista, el sociólogo, si las pretendidas teorías que encuentra a su paso se reducen a groseras comparaciones, como la de las sociedades con los organismos? Por lo contrario, la ciencia no es ni puede ser más que experimental, y en sociología, la experiencia es la historia del pasado; la tradición es, sin duda, lo que se debe criticar, pero no se la debe dejar completamente de lado.

La moral nada puede temer de una ciencia animada por un verdadero espíritu experimental; una ciencia semejante es respetuosa del pasado, se opone a ese esnobismo científico tan fácil de embaucar con novedades; ella no avanza sino paso a paso, pero siempre en el mismo sentido y siempre en el buen sentido. El mejor remedio contra una ciencia a medias es más ciencia.

Hay todavía otra manera de concebir las relaciones de la ciencia y la moral; no hay ningún fenómeno que no pueda ser objeto de la ciencia, puesto que no hay ninguno que no pueda ser observado. Los fenómenos morales no se substraen a ello más que los otros. El naturalista estudia las sociedades de las hormigas y de las abejas, y lo hace con serenidad; del mismo modo, el sabio trata de juzgar a los hombres como si no fuera un hombre; se coloca en el lugar de un imaginario lejano habitante de Sirio para quien las ciudades terrestres no serían más que hormigueros. Está en su derecho, es su oficio de sabio.

La ciencia de las costumbres será siempre puramente descriptiva; nos hará conocer las costumbres de los hombres y nos diré lo que ellas son, sin hablarnos de lo que deberían ser. Después será comparativa; nos paseará por el espacio para hacernos comparar las costumbres de los diferentes pueblos, las del salvaje y las del hombre civilizado; y también por el tiempo para hacernos comparar las de ayer con las de hoy Finalmente, tratará de volverse explicativa. He ahí la evolución natural de toda ciencia.

Los darwinistas intentarán explicarnos porqué todos los pueblos conocidos se someten a una ley moral, diciéndonos que la selección natural ha hecho desaparecer desde hace mucho tiempo a los que han sido bastante torpes como para tratar de substraerse a ella. Los psicólogos nos explicarán porqué las normas de la moral no están siempre de acuerdo con el interés colectivo. Nos dirán que el hombre, arrastrado por el torbellino de la vida, no tiene tiempo para reflexionar sobre todas las consecuencias de sus actos; que no puede obedecer sino a preceptos generales, que serán tanto menos discutidos cuanto más simples sean, y que es suficiente, para que su papel sea útil y para que, por consiguiente, la selección pueda crearlos, que concuerden lo más a menudo posible con el interés general. Los historiadores nos explicarán cómo las dos morales, la que subordina el individuo a la sociedad y la que tiene compasión por el individuo y nos propone como fin la felicidad ajena, la segunda es la que hace incesantes progresos a medida que las sociedades se vuelven más vastas, más complejas, y a la postre, menos expuestas a las catástrofes.

Esta ciencia de las costumbres no es una moral ni lo será nunca; no puede reemplazar a la moral, del mismo modo que un tratado de fisiología de la digestión no puede reemplazar a una buena comida. Lo que he dicho hasta aquí, me dispensa de insistinr.

Mas no se trata de esto; la ciencia no es una moral, pero ¿puede ser útil o peligrosa para la moral? Unos dirán que explicar es siempre, en cierta medida, justificar, y eso puede sostenerse fácilmente; por lo contrario, otros afirmarán que es peligroso mostrarnos que la moral difiere segun las razas y las latitudes; que eso puede enseñarnos a discutir lo que debería aceptarse ciegamente, habituarnos a advertir la contingencia donde conviene que no veamos sino la necesidad. Acaso tampoco estén completamente equivocados. Pero, francamente, ¿no es exagerar la influencia sobre los hombres, de teorías superficiales, de abstracciones que le serán siempre exteriores? Cuando las pasiones, unas generosas, otras bajas, se disputan nuestra conciencia, ¿con que autoridad puede gravitar la distinción metafísica entre contingente y necesario, frente a adversarios tan poderosos?

Sin embargo, no puedo pasar en silencio sobre un punto importante, a pesar del escaso tiempo que me queda para tratarlo. La ciencia es determinista y lo es a priori; postula el determinismo porque no podría existir sin él. También lo es a postenori; si ha comenzado por postularlo, como una condición indispensable de su existencia, en seguida lo demuestra precisamente existiendo, y cada una de sus conquistas es una victoria del determinismo. Quizá una conciliación sea posible. ¿Puede admitirse que ese progreso del determinismo proseguirá sin detenciones ni retrocesos, sin conocer obstáculos infraqueables, y que sin embargo, no se tenga el derecho de pasar al límite, como decimos los matemáticos, y concluir en el determinismo absoluto, porque en el límite el determinismo se desvanecería en una tautología o una contradicción? Es una cuestión que se estudia desde hace siglos sin esperanza de resolverla y no puedo tratarla ni siquiera someramente en los pocos minutos de que todavía dispongo.

Pero estamos en presencia de un hecho: la ciencia, con razón o sin ella, es determinista; en todas partes donde penetra, hace entrar al determinismo. Mientras se trate de física, o aún de biología, eso importa poco; el dominio de la conciencia permanece inviolado. ¿Qué ocurrirá el día en que la moral se convierta a su vez en el objeto de la ciencia? Se impregnará necesariamente de determinismo y eso, sin duda, sera su ruina?.

¿Es inevitable todo esto? O bien, si un día la moral debe ajustarse al determinismo, ¿podrá adaptarse sin morir? Indudablemente, una revolución metafísica tan profunda tendría mucho menos influencia de lo que se piensa sobre las costumbres. Se sobrentiende que la represión penal no está en discusión; lo que se llamaba crimen o castigo, se llamará enfermedad a profilaxis; pero la sociedad conservará intacto su derecho que no es el de castigar, sino simplemente el de defenderse. Lo más grave es que las ideas de mérito y demérito deberían desaparecer o transformarse. Pero se continuaría amando al hombre de bien, como se ama a todo lo bello; ya no se tendría el derecho de odiar al hombre vicioso que sólo inspiraría repugnancia; pero ¿es muy necesario esto? Es suficiente que no deje de odiarse el vicio.

Aparte esto, todo marcharía como en el pasado; el instinto es más fuerte que todas las metafísicas, y aún cuando se lo hubiera demostrado, aún cuando se conociera el secreto de su fuerza, su poder no se habría debilitado. ¿Acaso la gravitación es menos irresistible deapués de Newton? Las fuerzas morales que nos conducen seguirán haciéndolo.

Y si la misma idea de libertad es una fuerza, como lo dijo Fouillée, esta fuerza apenas sería disminuida si los sabios demostrasen alguna vez que sólo descansa sobre una ilusión. Esta ilusión es demasiado tenaz para ser disipada por algunos razonamientos. Aún por mucho tiempo, el determinista más intransigente continuaría diciendo en la conversación cotidiana: "Yo quiero", y aún "Yo debo"; hasta llegaría a pensarlo con la parte más potente de su alma, la que no es consciente ni razona. Es tan imposible dejar de actuar como un hombre libre cuando se actúa, como no razonar como un determinista cuando se trabaja en la ciencia.

El fantasma no es, pues, tan temible como se dice, y quizá haya también otras razones para no temerle; es posible que en lo absoluto todo se concilie y que a una inteligencia absoluta, las dos actitudes, la del hombre que actúa como si fuera libre y la del hombre que piensa como si la libertad no existiera en ninguna parte, parezcan igualmente legítimas.

Nos hemos colocado sucesivamente en los diferentes puntos de vista desde los cuales se pueden examinar las relaciones entre la ciencia y la moral; ahora es preciso llegar a las conclusiones. No hay ni habrá nunca moral científica, en el cabal sentido del vocablo; pero la ciencia puede ser indirectamente un auxiliar de la moral; ampliamente entendida no puede sino servirla; sólo la ciencia a medias es temible. A su vez, la ciencia no es suficiente porque no ve más que una parte del hombre, o si preferís, lo ve todo, pero desde un mismo ángulo; y además porque hay que pensar en los espíritus que no son científicos. Por otra parte, los temores, como las esperanzas demasiado grandes, me parecen igualmente quiméricos; la moral y la ciencia, a medida que progresen, podrán adaptarse mejor entre sí.